Pobreza (I)

Las desventajas se acumulan en los pobres: la edad, el sexo, el número de hijos, el color de la piel, la enfermedad, la fragilidad de la estructura familiar… desventajas que por otra parte son de nacimiento. Al comienzo de la vida la pobreza establece un muro infranqueable.

Geneviève Sanze

En Venezuela todos somos pobres. En grados distintos, y en circunstancias muy diversas, pero al final de cuentas vivimos en un país empobrecido. Cuando el servicio eléctrico se interrumpe, el agua deja de llegar por la tubería (si tiene) y mientras tanto afuera la lluvia empieza a “meterse en la casa”, en ese mismo instante bien pudiera tenerse la sensación de estar en cualquier aldea abandonada en el lejano África o en nuestras cercanas comunidades rurales e indígenas (por lo general muy pobres).

Gracias a pensadores como Amartya Sen la pobreza ha sido entendida como un problema de múltiples variables, donde el nivel de ingresos es sólo una de ellas. Pero no se trata de los clichés esos de la “pobreza mental” o la “pobreza de espíritu”, ambos por cierto muy simplistas para entender la realidad del problema de la pobreza. Se trata de algo más complejo como es la falta de oportunidades, entendida ésta como una acumulación de desventajas que se han ido heredando generación tras generación.

Esta falta de oportunidades la tiene aquel que aun habiendo estudiado no pudo tener profesores de primera calidad, y que por lo tanto su educación ha sido precaria. De igual forma, quien no ha contado con la atención adecuada en materia de salud y que por lo tanto carga consigo las consecuencias de una enfermedad mal atendida también carece de igualdad de oportunidades. Y así se puede continuar una larga lista en materia de infraestructura inadecuada, inseguridad, carencia de espacios para recreación y cultura, entre otras tantas.

Claro que hay grados de pobreza, por lo que hay prioridades en la atención de la misma. Una cosa es no tener electricidad y agua por algunas horas, y otra muy distinta es vivir permanentemente en esas condiciones. De la misma manera es muy distinto recibir una educación de baja calidad a no recibir ninguna educación en absoluto. Es por esto que la prioridad de cualquier programa contra la pobreza debe iniciar en los niveles de mayor vulnerabilidad; pero siempre entendiendo que se deben ir creando las condiciones para que luego las personas que dejaron la indigencia puedan seguir progresando.

La pregunta es entonces por dónde comenzar. Y la respuesta que distintas iniciativas en materia de reducción de la pobreza han dado es simple: hay que comenzar por los más pobres de entre los pobres. Esto es lo que el reconocido economista Jeffrey Sachs ha denominado la “escalera del desarrollo”, donde el primer escalón es salir de la indigencia. Entonces, la siguiente tarea es sin duda acabar, más allá de la simple comprensión analítica, con la pobreza extrema.

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