Herencia y participación (IV)

El fervor a la Virgen de Chiquinquirá, “La Chinita”, es sin dudas una de las formas de expresión religiosa más sentidas en todo el país; ésta, junto a otras tradiciones de esta índole, dan cuenta de una de las características de las sociedades latinoamericanas en general, y particularmente de la sociedad venezolana: la religiosidad.

Desde la óptica de cualquier venezolano este culto religioso puede parecer natural, sino indispensable, para poder vivir. De hecho, más del 86% de los venezolanos considera que la religión es importante en su vida; proporción ligeramente superior al del resto de los países suramericanos, inclusive por encima de México, país marcado por una fuerte expresión religiosa. Sin embargo, esto no es así en todos los países del mundo, si se toma por ejemplo dos de los países considerados con la mejor calidad de vida, como son Noruega y Dinamarca, se tiene que apenas cerca de una tercera parte de la población considera la religión como algo importante en su vida.

¿Se relacionan la religión y el progreso? Esta pregunta ya fue planteada por Max Weber a comienzos del siglo XX, específicamente en torno al efecto que tenían los valores asociados a la ética protestante en el capitalismo. Sin embargo, sobre esto no se ha llegado a una conclusión contundente, toda vez que hoy en día la concepción de progreso está marcada por una visión más amplia y multidimensional que trasciende los “valores capitalistas”. En función de lo anterior, cabría preguntarse más bien, desde el punto de vista social, acerca de qué valores asociados a la religiosidad pueden contribuir a un fortalecimiento de la sociedad en general; una de las respuestas más claras es sin duda la participación.

En Venezuela el ámbito en el que se refleja una mayor participación es en lo religioso, el cual está por encima de otras formas de participación como son pertenecer a partidos políticos, a sindicatos, o a organizaciones profesionales. En tal sentido, más allá de análisis teóricos sobre la contribución de la religión al progreso, vale más tomar los elementos asociados a la participación religiosa y potenciarlos como factores de cambio social. Retomar de nuevo la idea de la “ciudad del hombre y la ciudad de Dios”, no en contraposición sino como una misma.

Lo anterior implica pasar de una concepción de lo religioso como contemplación y fe individual, a una visión de lo religioso como forma de acción social, sin detrimento claro de la espiritualidad de ésta. Los efectos de esto, más allá de lo estrictamente religioso y lo que significa para cada persona, es sin duda el fortalecimiento del sentido de comunidad, lo que a su vez se traduce en una mayor solidaridad y cooperación entre las personas. Sin duda, a la larga esta realidad no solo fortalece a la comunidad en sí, sino que pudiera estar contribuyendo a fortalecer a la sociedad en general, y más específicamente a la democracia como marco general en el que todas estas expresiones de participación tienen cabida.

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